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viernes, 8 de julio de 2011

Post mortem

Debí engrasar el gatillo...
¿No es irónico? precisamente ahora consigo una erección.
¿Quién es ahora el impotente, cabrón pomposo?
      ...bendito priapismo post mortem.

Ilya Repin

jueves, 27 de enero de 2011

El susto de volar

Hablemos de sensaciones.
Las sensaciones que se tienen cuando haces algo sensacional por primera vez. La primera vez que vas en bici sin las ruedas auxiliares, la primera vez que consigues tirarte de cabeza a la piscina, o besar a una chica, o a un chico, o un sobresaliente en matemáticas, o lanzarte de lo alto de un puente sujeto por una cuerda…
Pues únelas todas y multiplica el resultado por mil.
Eso es lo que sientes cuando descubres que puedes volar.
Imagínatelo.
Un día, fantaseando con los poderes de Tetsuo, te imaginas separándote del suelo lentamente y cuando asimilas lo que ven tus ojos ya estás a medio metro del suelo. Flotando.
Te quedas sin respiración. Alucinas.
Te falta el aire y un sudor frío empieza a cubrir tu cuerpo.
Lo primero que haces muerto de miedo es mearte encima y lo segundo es mover los brazos y las piernas en el aire como lo harías estando bajo el agua, pero lo único que consigues es sentirte ridículo (y mojado) porque tu situación espacial respecto al suelo no varía.
Bueno, no varía gracias a los movimientos de tus extremidades, pero sí que lo hace cuando empiezas a imaginar que te desplazas. Y te entran las prisas.
Y es entonces cuando atraviesas como un tiro tu minúscula habitación dándote en los pies con la silla y en la cabeza con la lámpara antes de estrellarte con el póster sexy de la pared, porque sí, tu has deseado desplazarte, pero claro, no se te ha ocurrido desear detenerte… a tiempo.
Entonces lo pillas.
Deseas posar los pies en el suelo.
Y se posan en el suelo.
Estás posado en el suelo.
Te acuerdas de respirar.
Es justo en ese momento cuando todas esas sensaciones de las que hablaba antes, unidas y multiplicadas por mil, afloran y se desparraman en una cascada de gritos y risas, e incluso alguna lagrimilla de emoción y mocos a modo de gotera nasal en la soledad de tu habitación. Quieres salir a contárselo rápidamente a alguien, a tus padres, a tu hermana, a quien sea… pero piensas que podría no volver a suceder, y entonces tus padres tomarían una decisión definitiva respecto a aquel folleto de una institución mental para jóvenes que misteriosamente apareció en un cajón de la cocina tras explicarles tu historia sobre las voces que solo tú oyes, como a lo lejos, y decides que tal vez sea mejor intentar de nuevo eso de flotar en el aire antes de contárselo a nadie, y ver si vuelve a salirte.
Y te sale.
Vale, aterrizas, y vuelves a acordarte de respirar.
Y ahora, ¿qué?
Sin saber muy bien por qué, sigues resistiéndote a contrasello a alguien. Aún no eres consciente de lo que está sucediendo y te ves inmerso en una gran aventura en la inconsciencia, sin consecuencias, como si se tratase de una fantasía infantil, así que miras hacia la ventana de tu cuarto que da a un patio de luces.
Sabes que arriba no hay tragaluz ni uralita porque el patio de tu casa, que es particular, cuando llueve se moja como los demás, y la salida en el sobreático es a cielo abierto.
Nada te impediría salir volando hacia arriba.
La luz de la cocina vecina que hay frente a tu habitación está apagada, lo que significa que no hay nadie en casa de los vecinos y cada vez estás más cerca de atreverte a salir volando. Pero coño, vives en un octavo piso, ¿y si cuando estés en el aire, a ocho pisos de altura, falla lo que sea que hace que puedas volar? Esa posibilidad hace que decidas vestirte y bajar a la calle para buscar un lugar tranquilo y en tierra firme donde intentarlo.
En el centro de tu ciudad...
Lugar tranquilo...
No se te ocurre ninguno.
Entonces recuerdas que Superman era capaz de salir volando como el rayo hacia arriba y la gente no se daba ni cuenta, así que te acuclillas entre dos coches grandes aparcados como cuando buscas un lugar discreto donde mear y no quieres entrar en un bar.
Coche a tu izquierda, coche a tu derecha, pared a tu espalda y nadie delante.
Bien.
Imaginas que sales disparado hacia arriba como un rayo tal y como lo hacía Superman y súbitamente un trueno explota en tus oídos mientras tus ojos se cierran llenos de lágrimas y tu nariz se hincha de aire que trata de entrar a presión. Te pitan los oídos. El susto te hace pensar que algo no ha ido bien y decides detenerte en lo que sea que estás haciendo para averiguar, precisamente, qué es lo que estás haciendo. Abres los ojos tras haberte imaginado detenido.
Te vuelves a mear encima al ver lo que ves. Cielo de color violeta a derecha e izquierda, naranja al frente y casi negro detrás y sobre ti.
Y algo que parece tierra firme allí abajo, en la penumbra del crepúsculo, como a tres mil metros bajo tus pies.
Crees que la emoción que sientes al ver lo que estas viendo, lo que estás viviendo, es tan incontenible que va a hacer que te explote el pecho.

Superman, Secret identity

Si estuvieses en el suelo irías corriendo y dando saltos de felicidad con los brazos abiertos y gritando y riendo de alegría como si tu amor secreto y platónico te hubiese dicho de pronto que te ama y no se imagina la vida sin ti, o alguna chorrada así, pero no estás en el suelo y… recuerdas que tienes vértigo.
El terror se apodera de todo tu ser y no sabes qué hacer. Sabes que no estás cayendo porque tu pelo no se mueve y tu ropa no se infla con el aire, o sea, que estas parado, pero no sabes qué paso dar a continuación. Tiemblas de frío y pavor, te encuentras tremendamente solo y sientes que vas a morir y nadie va a ser testigo de tu desaparición. No tienes ni idea de qué hacer.
¿Y si decides bajar y lo haces tan súbitamente como en la ascensión y acabas espachurrándote contra el suelo? ¿y si has salido por accidente de la atmósfera de la tierra y al bajar, haces la re-entrada y te desintegras como lo hacen los meteoritos? no, no estás fuera de la atmósfera porque puedes respirar perfectamente… ¿o no estás respirando? si, tu pecho se mueve. Y hay que ver cómo…
Sorbes los mocos... ¿Y si te atropella un Boeing 747?
Ya lo tienes.
Intentas calmarte e imaginar que eres un copo de nieve y actuar. Después de todo parece que las clases de expresión corporal sirven para algo más que para ligar con tu compi del instituto. Empiezas a descender, cada vez más deprisa, a voluntad, y te ríes. Te ríes porque lo que te está sucediendo es lo más grande que le ha sucedido a alguien en toda la historia de la humanidad. Y curiosamente, ya eres consciente de ello.
Esa misma noche, tras repasar lo sucedido y cómo aterrizaste fácilmente en una arboleda del parque sin que nadie te viese, tu cabeza es un torbellino cuando te tumbas en la cama.
Piensas en esto, en lo otro, en lo de las voces que oyes, en los cómics de Superman que has leído, en qué cosas debes intentar hacer mañana para ver si tal y cual…
Y también piensas: ¿Qué pasará mientras duermo si sueño que vuelo?
Pues que volarás.


Superman, Secret identity

viernes, 14 de enero de 2011

Smoke


No es que antes no se pudiese percibir, qué va, pero es que ahora con la entrada en vigor de la nueva ley anti-tabaco, he notado una diferencia cuando entro en un bar, cafetería, pub, restaurante, sala de conciertos o lo que quiera que sea donde antes se podía fumar masivamente, a parte, claro está, de la evidente diferencia de la ausencia de humo en el aire, los movimientos nerviosos de una pierna impaciente bajo la mesa, y los continuos paseos a la puerta de los que desean con fervor deleitarse con un pitillo y los consiguientes corrillos-chimenea de fumadores en la puerta del lugar.
Y esa cosa que se nota al entrar en un local donde antes el humo en la atmósfera era lo habitual, casi obligatorio, es que ahora el local tiene su propio olor. Un olor de bar donde antes se ha fumado mucho, y ese es un olor desagradable que antes quedaba disfrazado por el humo. Un olor rancio. Si por casualidad habéis entrado en un pub a mediodía, con el aire del interior limpio después de estar un día cerrado por descanso del personal, sabréis a qué olor me refiero. O también se nota más el olor del otro lado de una barra, digamos que, un poco dejada de la mano de Dios ante la imposibilidad de limpiar en profundidad la superficie porosa del suelo de madera pisoteado con cientos de licores y chapas de Estrella. A parte, con la ausencia de humo en el ambiente, también se perciben mejor los olores humanos de algunos tugurios. Y no todos nuestros congéneres son eficaces en el uso correcto de perfumes y desodorantes. Creo que prefería el olor a local donde se fumaba. Yo opino que el humo de cigarrillos en el ambiente no es más perjudicial que el humo que respiramos habitualmente en una ciudad y, ya puestos, creo que le daba cierto empaque a ciertos garitos. Es difícil de asimilar entrar en un concierto de Eels o en una discoteca de house sin respirar esa atmósfera cargada de humo.

http://tiraese.blogspot.com/
No digo que esté bien, ni mal. Solo destaco la diferencia entre el antes y el ahora. Pero bueno, imagino que es una cuestión cultural, y que con el paso del tiempo nos iremos acostumbrando a ello. Yo aún recuerdo haber ido al médico de pequeño, y este nos recibía con un Celtas pestilente entre sus dedos amarillos, y dejando caer la ceniza en uno de esos ceniceros-tocho de cristal con conchas, caracolas marinas y mini-estrellas de mar en su interior. Y para quien no lo recuerde, hasta en los cines se podía fumar. ¿Increíble? …ya. Pues eso.
Ahora las aceras están cubiertas de colillas allá donde haya un bar, y hacer un "simpa" es mucho más fácil que nunca con la excusa de salir a fumar a mitad del almuerzo. That's life.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Meat Loaf

Un banco de piedra a un lado, cubierto con una colchoneta de espuma que se desintegraba grano a grano, otro banco metálico anclado al suelo en el centro y un par de apliques de tortuga con las bombillas inútilmente bien protegidas eran los únicos objetos de la celda. No había ni pica antivandálica ni taza turca. Por eso, aunque estaba en desuso desde hacía por lo menos dos meses, el lugar todavía conservaba cierto aroma rancio de vómito, orín y heces debido a la humedad que sí permanecía. Y yo iba a pasar la noche allí con Zoë. El único lugar decente que las circunstancias nos habían permitido encontrar. El único que podía cerrarse desde dentro.
Nuestra respiración jadeante se acompasaba lentamente y se iba sosegando a medida que recuperábamos el aliento mientras nos mirábamos sonrientes, felicitándonos en silencio por lo que acabábamos de conseguir. Ni un arañazo, ni un tirón de pelo. Ni siquiera un nuevo jirón en nuestra ropa sudada tras la carrera que nos llevó allí.
La miraba a los ojos y aún me costaba creer que algo tan hermoso pudiese estar allí, en esos días, conmigo. Se lo dije sin hablar cuando su cuerpo empezaba a temblar de nuevo, pero no resultó muy convincente porque también yo empecé a hacerlo. Los escalofríos estremecían nuestros cuerpos de nuevo. Escalofríos de terror. Mirábamos las paredes desnudas, con la pintura gris que se desprendía a desconchones, buscando no se sabe muy bien qué. Tal vez intentábamos ver en la penumbra de la celda la imagen de quienes emitían aquellos terroríficos gruñidos desganados, casi lamentos burbujeantes, en algún lugar no muy alejado de nuestro silencioso abrazo. Al parecer no los habíamos despistado.
Habían seguido nuestro olor.
Nuestra vida.
No iban a poder entrar en aquel lugar, cerrado desde dentro cuando entramos, pero sabían que estábamos en el interior. Arañaban con ansia las rendijas de las puertas y ventanas del piso superior como si nuestra pista se concentrase en aquellos lugares. Como el hilo de aire frío que se cuela bajo la puerta en invierno. O peor aún, como el olor de un bizcocho de chocolate que se escapa por la rejilla del horno. Agua y sed. En realidad fue esa la sensación que tuve en aquel momento, y casi me compadecí de ellos. No tenían la culpa de haberse convertido en lo que eran. Estaba empatizando con los zombis que me veían como un puto bizcocho de chocolate. Estuve a punto de susurrárselo a Zoë, pero el terror era demasiado intenso y ningún sonido salía de mi garganta. Además, mi mente volaba desandando el camino recorrido en nuestra carrera hacia los calabozos a través de la comisaría, repasando cualquier detalle o salida que hubiese olvidado cerrar por dentro al entrar, pero una sombra al final del pasillo confirmó que lo había hecho fatal. Pronto fueron varias sombras. Un minuto después, trece seres se apretaban contra las rejas estirando desesperados sus brazos hacia el interior, intentando agarrar su trozo de bizcocho, gruñendo, gimiendo, aullando… era aterrador. Entre espasmos histéricos de terror, acorralados, abrazados en un rincón de la celda, Zoë y yo llorábamos, moqueábamos y orinábamos sin control ni conciencia a pesar de la seguridad de nuestra situación. Muros de hormigón, rejas de acero, comida en las mochilas y las llaves en nuestro poder. Tan seguro estaba de que no iban a poder entrar que cuando vi la primera grieta en el cemento que alicataba la reja a la pared de hormigón, definitivamente me convencí de que estaba soñando y que todo aquello no estaba sucediendo. Un éxtasis de terror. A salvo en mi sueño besé a Zoë y cerré los ojos. Esperaba despertar de un momento a otro por un sonido suave de sábanas a mi lado, o por los rayos del sol, o por una caricia dulce de ella, que me mira sonriente con los ojos hinchados de dormir y el cabello enmarañado.
Pero fue el dolor el que me despertó.
Mi pie no estaba.
Zoë gritaba a seis metros de mí. Ya no me abrazaba. Se sujetaba el vientre intentando evitar que se desparramasen sus intestinos y sonreí estúpidamente al ver al zombi junto a ella porque me recordaba a un gato que juega con una maraña de lana.
Qué calor.
Solo quiero tumbarme a dormir. Cierro los ojos. Me sacuden, algo se ha rasgado.
Ahora tengo frío. Me pitan los oídos.
Ya no oigo nada que no sea un pitido.
Ya no oigo n...


miércoles, 8 de diciembre de 2010

Prosopopeya crepuscular


No sé muy bien cómo empezar. Supongo que debo concentrarme un poco para ver exactamente donde está el principio de la historia y empezar a escribir. Pero eso supone un esfuerzo desmesurado porque el principio es un poco impreciso, así que tal vez sea mejor empezar sin principio, porque como además la historia no tiene final, así descompenso del todo y encima me ahorro el esfuerzo. Simplemente, empiezo.
Y empiezo con mi dedo inmóvil a escasos centímetros del botón de su interfono.
Qué imagen tan trágica, de verdad. No es como en el cine. No suena una música apropiada acompañando al encantador y romántico protagonista que está a punto de conquistar a su amada con un acto de inconmensurable audacia y romanticismo.
Había visto y cerrado su correo electrónico, me había vestido, conducido veinte kilómetros y encontrado un aparcamiento de puta madre, todo en menos de media hora, envuelto en una resolución magnífica. Pero de pronto, en su portal, a punto de pulsar el botón a las cuatro de la madrugada, recordé porqué estaba en mi casa aquella noche cuando había decidido correr hacia la suya. Te aseguro que, cuando tienes tan clara la respuesta que vas a encontrar al otro lado del hilo naranja y te da tanto miedo oírla, ves los botones del interfono con otros ojos. Como si fueses a pulsar el botón rojo de alarma nuclear. La audacia infantil se queda en el País de las maravillas. Así que, tras varios minutos inmóvil, recobré la sensatez, metí la mano en el bolsillo, bien guardadita, y di media vuelta. Al llegar a la esquina, volví a girarme y di dos pasos de vuelta a su portal dudando si debía hacerlo o no. Decidí no hacerlo y me giré de nuevo en busca del coche dando patadas a todo lo que veía por el suelo. Supongo que nunca sabré si hice lo correcto o no, o si tendré una nueva oportunidad para escoger la pastilla roja en lugar de la azul.
Sabía que aquella noche ya no iba a poder dormir, así que decidí conducir sin rumbo. Salí de la ciudad tomando la autovía que una vez recorrimos juntos. No fue una decisión consciente. Simplemente me sorprendí haciendo el mismo recorrido. Siempre me ha gustado conducir de noche, en esas horas en las que solo hay camiones larguísimos circulando. Me recuerda a mi ajetreada infancia. Los viajes de viernes noche a la casa rústica de algún amigo de mis padres en algún pueblecito perdido, la sensación de llegar de madrugada a esos pueblos desiertos, en naranja y negro por la luz de las farolas, con olor a leña húmeda y cuadras. Entrar en esas casas, frías, alumbrándolas con un camping gas y sacando los bártulos de los coches mientras los mayores encendían el generador de corriente y prendían la chimenea. Comer frío de fiambrera porque no eran horas de cocinar, preparar esas camas de lana que olían a moho y rechinaban, para meterte un rato después en ellas con lo frías que estaban, cubierto con tres capas de mantas y rodeados de estufas catalíticas que no dejaban de cantar sus "clic-clic" mientras dormíamos… conducir de noche me trae todos esos recuerdos y me relaja muchísimo.
Pero aquella noche no. No sé porqué, pensaba en injusticias. Me castigaba el orgullo cuando de pronto lo vi. Allí plantado en un lateral de la vía, iluminado brevemente por los faros bizcos de mi coche al pasar. Un caballo blanco.
Lo vi claramente. En serio. Como iba solo por la vía me paré en el arcén sin pensarlo dos veces con la intención de acercarme al bicho y alejarlo de la carretera. Pero al bajar del coche ya no estaba. No me extrañó demasiado. Se habrá alejado solo, pensé. Y sin embargo, aquella zona en la que me encontraba era terreno llano y al barrerlo con la linterna no lo vi. Y podía ver muy lejos con aquella linterna. Sí, ya sé que los caballos son rápidos, pero no tanto. Aquello me desconcertó, porque aún hoy estoy seguro de lo que vi. Pero claro, dadas las pruebas, no pude haber visto lo que estoy seguro que vi.
Ya había alucinado en alguna ocasión en que conduje durante horas con sueño, años atrás, y sé cuales son las sensaciones. Pero en esta ocasión, no tenía sueño, y no era una alucinación. Pero, ¿qué era? Yo había visto un caballo blanco, seguro.
Tenía la sensación de estar en la isla de LOST. No tenía sentido. ¿Había pasado yo al lado de un caballo blanco en medio de la noche, o había pasado él a mi lado? ¿Entonces era mi subconsciente? ¿Me encontraba yo realmente allí? Bueno, estaba tiritando de frío, así que, sí, estaba allí. Y entonces me di cuenta.
Me encontraba haciendo exactamente lo mismo, por las mismas circunstancias, que una hora antes en aquel portal de Barcelona. Tremendamente estúpido, solo, rodeado de nada, y creyendo haber visto un caballo blanco en mitad de la noche.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El Naif pragmático

No sé si por alineación de los astros o por la búsqueda de una utópica comprensión entre sexos por parte de numeros@s Blogger@s, en los últimos meses he leído muchas cosas sobre el amor. Desde muchos puntos de vista. No es que lo buscase, es que simplemente muchas personas hablan de amor y desamor (más de lo segundo) y yo lo leo.
Todos sabemos lo que es el amor, así que no voy a ponerme a definir ni a analizar la palabra ni su significado metafísico, esotérico, fisiológico o literario. El amor, a parte de todas sus maravillosas excelencias, hace que veamos, oigamos, pensemos y sintamos algunas cosas que realmente no son.
¿Pero es eso cierto? ¿Es realmente estar enamorado el causante de que nuestra percepción esté alterada? ¿No será que lo que sucede en realidad es que nuestr@ amad@ no nos deja ver todo hasta que llega la relajación o la ruptura, o nunca? Yo creo que un poco de todos. Una amiga muy amada me decía que en asuntos de pareja nunca llegas a conocer realmente al otro y en aquel momento no estaba totalmente de acuerdo. Imagino que era por el concepto que tengo de mí mismo. Pero ahora ya no estoy tan seguro y creo que me acerco más a su opinión.
Por otra parte, todos somos humanos y el amor aparece y desaparece a su antojo. Eso es un hecho. En ocasiones desaparece en una de las partes antes de lo que la otra desearía. En otras ocasiones no desaparece en una de las partes cuando la otra parte y la razón dicen que ya debería de haber desaparecido. “Yo ya no estoy enamorad@” o “debo olvidarl@ pero no puedo dejar de pensar en él/ella".
El caso es que estoy seguro de que todos hemos estado en ambas partes de la ecuación de una ruptura. En el “yo no amo pero él/ella sí”, y en el “yo amo pero el/ella no”, independientemente de si la pareja aún está en marcha como si llevan tiempo separados. Y much@s (que no tod@s) encuentran dificultades en recordar lo que se siente o se piensa en el lado contrario cuando llega la ruptura y solo piensan en sus propios sentimientos. Y ahí reside el problema del desamor en general. En que en la mayoría de los casos, la capacidad de empatizar, aunque parezca una contradicción, es tan incompatible con el amor como lo es la racionalidad y la lógica. No hablo del que ama ni del que no, sino de ambos.
Lo que está claro es que cuando los dolores del desamor llegan y/o permanecen, no debemos culpar al otro por ser crudo, o cobarde, o incomprensible, o contradictorio, sino comprender que no todos somos iguales y que, en principio, nadie hace nada con mala intención, sino que lo hace lo mejor que puede para sobrevivir en una situación tan intensa como es el amor o el desamor y deseando el mal menor al otro, y que nosotros en su lugar podríamos actuar igual o de un modo distinto, pero resultaría tan incomprensible para el otro como lo es su actuación para nosotros.
En cualquier caso, este pensamiento no es más que un pequeño pellizco de todo lo que se puede decir sobre el desamor, sus motivos y sus consecuencias. Durante siglos y siglos l@s más sabi@s han intentado comprender las complejidades del amor y el desamor, y diríase que muchos lo han conseguido pues son leídos y escuchados, pero si eso es así, hoy en día, nosotros aún parecemos incapaces de evitar meternos de cabeza en líos tremendos y pasarlo mal a pesar de la lecciones. Posiblemente si siguiese extendiéndome y desgranando situaciones y sentimientos por páginas y páginas, llegaría a contradecirme en más de una ocasión, si no lo he hecho ya. Muy posiblemente. Es lo que tiene ser un naif prágmático.
Posiblemente porque el amor, en muchas ocasiones, es una contradicción.
Bendita cuando el amor va bien.
Maldita cuando el amor no va.


jueves, 18 de noviembre de 2010

Un tipo serio

Me gusta ver personas que van sonriendo mientras caminan por la calle pensando en sus cosas. Me gustaría saber porqué lo están haciendo. Qué pensamientos acuden a su mente en esos momentos que hacen que brille una sonrisa entre la multitud gris. Hacen que yo también sonría.

martes, 16 de noviembre de 2010

Compromiso, sin

―¿Qué hago con esto?
―¿Disculpa?
―Que qué hago con esto.
―Tú sabrás. ¿No leíste las condiciones?
―Sí, claro. Pero las preferencias de usuario me parecen
  contradictorias.
―No haber firmado.
―En aquel momento no me lo parecían.
  ...
―Ya. Bueno. Pues tíralo.
  ...
―Joder. Es que me da pena tirar todo esto. Si no he usado ni
  la mitad.
―Pues guárdalo. Puede que te sirva más adelante.
―Qué va. Es especial. Tienes razón. Ocupa demasiado espacio.
  Debería tirarlo.
  ...
―Deberías.
  ...
―Ya.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La injusta camisa de fuerza

No importa si subes a la azotea cargada de retales y quien te quiere acompañar se ha de quedar guardando las costuras de sus bolsillos al hacerlo. No importa que no se necesiten cuatro, sino que sus dos acompañen a tus dos. Por si se ofrecen. Por si te pesa. O por si no lo hace.

"¿Qué más causa había de haber,
llegando a verla, que verla?"

El alcalde de Zalamea
Calderón de la Barca

martes, 2 de noviembre de 2010

Lawless heart



En un momento de descuido acaricié su pelo. Sí. Un instante. Un mechón. Un repizco de su poblada melena que saboreé con la yema de mis dedos sin que se diese cuenta. No hubiese soportado con arresto la vergüenza de ser descubierto. Cómo un ladrón desmañado. Un acto de nostalgia. De anhelo. De impotencia. Me gustaría oír durante horas cómo respira mientras duerme. Cómo canta. Cómo sueña.

Poder

Agatone: ¿Por qué no?
Cupido: Porque yo no quiero.

domingo, 17 de octubre de 2010

Blindness

El otro día jugué con mi hijo a dibujar con los ojos cerrados.
Las risas después, mirando el resultado de haber dibujado a ciegas, eran para haberlas grabado. Eran esas risas que todos deberíamos llevar grabadas en el móvil para ponérnoslas cuando tenemos un mal día.
Una vez concerté una cita a ciegas, a ciegas.
Es decir, quedé con una mujer en un lugar concreto y esperó con los ojos vendados a que yo apareciese unos segundos después (yo sí podía verla llegar al lugar).
Y confió en mí. Chica aventurera. Bravo por ella. O muy mal por ella, según se mire, pues yo podía ser un psicópata asesino… pero, ¿acaso no puede serlo cualquier desconocido?
Estadísticamente debía fiarse de mí. Intuitivamente, también.
No podía ver nada y sólo podía formarse una imagen de mí a través del oído, el olfato y el tacto. Fuimos a mi casa a cenar y cómo no, la cena transcurrió con muchas risas.
Ella no podía ver nada y tuvo que palparme la cara con sus dedos para “fotografiarme”.
Más risas.
Yo sí podía verla a ella, pero no sus ojos, lo cual es un factor muy importante para mí.
Bueno, el caso es que tras una hora de cena a ciegas llegó el turno de invertir los papeles. Le di la espalda, se quitó la venda y me la puso a mí, de modo que yo no pudiera ver sus ojos aún, ni ella los míos.
En ese momento yo era el ciego.
Y empezó el espectáculo: me desenvolví (creo que nunca he escrito esa palabra hasta hoy) con soltura en un mundo negro. Serví vino en las copas sin derramar ni una gota. Encontraba los objetos sobre la mesa con facilidad y sin tirar nada, e incluso lié un cigarro de los que ella fumaba. Su asombro era total. Pero la desenvoltura no sólo era porque yo estuviese en mi propia casa, que también.
Lo que ni ella, ni mi hijo sabían es que a mí, desde niño y hasta hoy, siempre me ha gustado “jugar” a "ser ciego". Cerrar los ojos durante un rato y moverme en mi entorno usando el resto de los sentidos y mi intuición.
Intuición...
Cuando alguien habla de intuición, muchas personas la relacionan sin darse cuenta con algo esotérico, adivinatorio, y eso es un error. En mi opinión (y corroborado por la RAE), ser intuitivo significa interpretar inconscientemente los signos que nos rodean y llegan a nosotros a través de los sentidos y sacar conclusiones que a menudo ni nosotros mismos podemos razonar o explicar a los demás. Eso es intuición. Conscientemente y con razonamiento sería deducción (también confirmado por la RAE).
Supongo que gracias a mi intuición y a mis juegos, me desenvuelvo fácilmente en la ceguera, lo cual no quita que me deje un dedo del pie en la pata de la cama si me levanto a media noche al baño sin encender la luz. Es más, me dejo un dedo del pie cuando es de día con cualquier objeto que se encuentre a su alcance, ergo, soy igual de torpe a plena luz del día que en la más absoluta oscuridad, ergo, la torpeza es algo intrínseco a mi persona. Pero me encanta ser intuitivo, aunque a veces la intuición me meta en unos líos tremendos y los demás no me entiendan. En realidad creo que eso le pasa a todo el mundo.
Es normal.
Me preguntan el porqué de mis decisiones, o de mis relaciones, o de cómo percibo la realidad y yo no puedo explicarles los motivos. Simplemente lo intuyo, y es cuando trato de dar explicaciones lógicas a mis opiniones, basadas en intuiciones, cuando sueno incoherente.
Pero muchas veces ni me molesto. Simplemente digo: “Intuición. No preguntes”.
Y provoco la inevitable sonrisa escéptica de quien me cuestiona.

Están ciegos.

¿Vosotros estáis ciegos?


EL KANKA "Ciego" (de Albert Pla) en L'Astrolabi Barcelona

lunes, 11 de octubre de 2010

Su cena


El suelo era de madera vieja.
Se notaba que era vieja porque los listones tenían las imperfecciones que tiene cualquier piel con el paso de los años. Era una madera pintada muchas veces de negro brillante. Debía de ser así porque los agujeros de los clavos que sujetan el entarimado ya no parecían orificios de mampostería sino pequeños huecos como los que quedan en una cama vacía después de un largo sueño entre sábanas negras.
Guardando la trasera del pequeño escenario, un telón de fondo de un rojo tan vivo que parecía palpitar como sangre sobre un lienzo de terciopelo.
Dos candelabros dorados con velas blancas cansadas de llorar vigilaban como cabezas de medusa la silla solitaria que permanecía en el centro del escenario iluminada por un único foco cenital, que describía con el humo de cigarros sobados un tenue haz fantasmal.
Apenas empezó a sonar “Harlem nocturne” se impuso un silencio sudoroso entre la concurrencia que miraba hechizada cómo una pierna interminable asomaba tras aquella bambalina, roja como el telón de fondo y ribeteada con filigranas doradas. A esa larga pierna de malla negra, calzada con zapatos de aguja rojo Ferrari y lazo negro, la siguió un brazo enfundado hasta casi llegar al hombro por un guante negro sin dedos para que destacasen las uñas púrpura sobre la pálida piel de seda de las manos que agarraban con fuerza la tela bermeja que aún ocultaba el resto del cuerpo. Como si cogiese impulso para salir a escena de un salto.
Pero la tenaza se aflojó, deslizándose hacia abajo acompañando a los suaves y sensuales movimientos con los que la princesa vampira se abrió paso a golpe de cadera hasta la silla de raso.
La sala entera tragó saliva y apuró los vasos mientras luchaba por no parpadear. No quería perder detalle de cómo aquel delicioso cuerpo diseñado para el placer deslizaba por sus hombros una boa de pluma marfil que había reposado sobre el respaldo de la silla hasta que ella entró.
Llevaba el pelo, negro sobre negro, recogido en un moño alto enlazado de cualquier manera con cinta roja y algunos mechones ondulados caían rebeldes sobre el cuello y hombros desnudos. Las pestañas eternas acunaban unos enormes ojos marrones que recorrían las mesas con calma depredadora. Observaban insolentes cada una de las almas que llenaban la sala mientras el cuerpo encorsetado en rojo y negro trazaba serpenteos imposibles, dirigidos por unos senos desnudos, de pezones brunos y redondos.
Llegó su mirada a mi mesa y como un cazador que pacientemente esperaba a ver salir la presa desde su escondrijo, sonrió deleitándose, imaginando cómo y donde iba a desangrar a su víctima de aquella noche.
Desparramó, sin importarle el destrozo, todo el erotismo que cabía en aquel cuerpo perfecto sobre el oscuro suelo del escenario. Todas las personas del patio embozado, hombres y mujeres, con deseo y celo a partes iguales, asistíamos embelesados al despliegue de danza y seducción con el que aquella mujer estaba embriagándonos sin ningún tipo de rubor. Pero su mirada insistía en desnudarme a mí por dentro.
Era como si todo su cuerpo flotase en una nube de etérea sexualidad alrededor de aquella cara en la que unos labios carmesí dibujaban una sonrisa burlonamente erótica mientras me miraba fijamente bajo el largo flequillo azabache.
No se desprendió de ninguna de las pieles de seda y látex que la cubrían durante los aproximadamente dos minutos y medio que duraba su hipnosis burlesque, pero la caída de ojos con la que parecía decirme “hasta dentro de un rato” mientras desaparecía del escenario, me hizo ver claramente que yo iba a ser su cena aquella noche.

martes, 5 de octubre de 2010

Pequeños desastres que acechan al girar la esquina


—No está bien eso que haces.

—¿El qué?

—En fin, en realidad creo que haces lo correcto, pero no me gusta que seas tú quien lo haga. No sé, resulta extraño. No parece propio de ti.

—¿De qué me estás hablando?

—Aplastar así al pobre animal. Me parece cruel.

—Es una mantis y tiene el abdomen espachurrado porque algo o alguien, queriendo o sin querer, la ha aplastado. Yo sólo la he mirado de cerca porque me encantan los ojos de las mantis.

—¡Y la has aplastado con tu botaza!

—He terminado con su sufrimiento.

—No lo sé. Sólo digo que no parece propio de ti.

—¿Propio de mí...?   Vale, ¿qué se supone que debería haber hecho? ¿llevarla al veterinario en una caja de zapatos con agujeritos en la tapa para que pueda respirar... con el abdomen que NO tiene?

—¿Si fuese mi Bitxu habrías hecho lo mismo?

—En las mismas circunstancias, probablemente.

—No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿me lo estás diciendo en serio?

—¡Pero si sólo movía una antena y era un reflejo del sistema nervioso!

—Eres un cabrón insensible... ¡es un ser vivo!

—Mujer… vivo, lo que se dice “vivo”…

—Mira, me voy a casa. No me llames luego que me iré pronto a dormir.

—¿¡Qué!? Pero, pero, pero… si íbamos a…

No me encuentro bien. Me has puesto enferma.

—Tu ya vienes enferma de serie.

Adéu.

—Y todo por un bicho muerto. Esta tía está fatal.

domingo, 3 de octubre de 2010

El sesazos

Hoy estaba hablando con una amiga e inesperadamente, y al hilo de algo que ella me explicaba, le he espetado: ¡sesazos!

...Sesazos.

...

Era una palabra que sólo le he escuchado decir a mi abuelo.
A nadie más.
Y resulta que la tengo interiorizada. Inserida, como diría una amiga.
Sesazos...
¿Analizamos?

RAE
Seso (del  lat. sensus, sentido, percepción) s. m.
1. Cerebro, masa encefálica contenida en el cráneo. Se usa también en pl.
2. Cerebro de una vaca u otro animal cuando se destina al consumo. Se usa
    más en pl.
3. Sensatez, juicio.
Loc. Calentarse (o devanarse) uno los sesos fam. Meditar mucho sobre
        una cosa.
        Perder el seso fam. Volverse loco.
        Tener a alguien sorbido el seso o sorberle el seso fam. Tenerle muy
         enamorado o muy obsesionado hasta llegar dominarle.
Sin. Sesera, sesada, cordura, cabeza.

Por otra parte, sesudo significa prudente, sensato, inteligente, listo, concienzudo, cerebral y, en sentido irónico, sabihondo.
Sesazos no viene recogido.

Sin embargo, mi abuelo la empleaba cuando nos poníamos cabezotas con alguna cuestión. La entonaba, además, estirando la "o" de una manera muy divertida, pero con muy mala hostia. Como si al hacerlo, su voz te estubiese advirtiendo que se le teminaba la paciencia. En mi caso, eso me animaba a seguir discutiendo. Me quejo mucho, pero en realidad se conoce que me va la marcha.
Mi abuelo era una fuente de palabras desconocidas que nunca supe apreciar. Cuando era pequeño me decía que yo tenía que ser más raposo. Y como no le preguntaba qué significaba, me sonreia y se daba la razón para sus adentros asintiendo con acabeza. Hoy ha vuelto a mi mente después de ser yo mismo el que pronunciase una de sus joyas sin tan siquiera pensarlo. Le echo de menos.
Él sí que era un sesazos.
Y un jumento.

Obligat



He preparat un esmorzar colossal. Suc de taronja acabat d'exprimir, perfectament colat. La meva tassa negra, souvenir d'Arizona, amb llet ben freda i Nesquik, i tres llesques de pa de pagés. Una amb mantega i melmelada de préssec, una altra amb pernil cuit i una altra amb “omelette” d'espàrrecs, aquestes dues últimes untades amb tomàquet, oli d'oliva i sal. I galetes. Moltes galetes d'aquestes que creen argamassa si les menges soles i deixen estucada la tassa si les dissols en llet. Digestive, es diuen.
Bon appétit!

jueves, 30 de septiembre de 2010

Extraño


He entrado en casa, y no sé por qué razón hoy me parecía extrañamente grande. O puede que yo me notase más pequeño. Esta mañana olvidé abrir las ventanas y subir las persianas al irme. Probablemente habría olvidado mis pantalones si no hubiese tropezado con ellos en el pasillo al salir de la ducha. Aún arrastraba un sueño espeso mientras bajaba las escaleras.
Con todo atrancado y a oscuras, el silencio que me ha dado la bienvenida era hostil. Como si la casa me advirtiese de que estaba muy bien sin mi presencia, que mi llegada sólo servía para perturbar su calma y que sería mejor que me largase o algo malo iba a sucederme.
He decidido quedarme, no encender ninguna luz y hacerme ciego y mudo.
No quería fastidiar, pero me he sentido terriblemente solo. Sentía que necesitaba a alguien a quien saludar a mi llegada. Darle un beso cálido y un abrazo, interrumpiendo lo que fuera que estuviese haciendo al menos durante cinco minutos. Porque me he sentido muy pequeño y necesitaba que me abrazasen. Sentía que si abrazaba a alguien recuperaría mi tamaño natural, como si ese abrazo fuese una metáfora del pastel con la nota “cómeme” de Alicia. Me he preparado una taza de leche fría con Nesquik, pero seguía sintiéndome igual. La recurrente pócima no había funcionado.
El silencio y la penumbra seguían recordándome lo pequeño que era. Aún así no he subido las persianas. He pegado la nariz al cristal de la ventana de la cocina y cerrando un ojo he intentado mirar por uno de los agujeros de la persiana para ver si el mar seguía estando ahí.
Sí. Todo permanecía en su sitio; el mar, las palmeras, los coches, los viejecitos, los perros paseando a sus dueños, todo estaba donde lo había dejado antes de entrar en casa. Podía estar tranquilo. Pero no lo estaba.
Me he regodeado en mi melancolía. Me he deleitado con el escozor ácido de mi parpadeo. Ha sido un día “corriente” pero no sé muy bien por qué, al entrar en casa y caminar en ella a oscuras y sin hacer nada, tenía ganas de llorar. No estaba triste. Sólo tenía ganas de llorar. Y he optado por la ducha. He cerrado la puerta para no molestar al resto de la casa y la repentina conspiración de sus paredes, y bajo el agua caliente he dejado que las lágrimas se perdiesen por el desagüe mezcladas con Moussel. No me he secado. He salido del baño chorreando entre una nube de vapor y he ido a abrir todas las ventanas y persianas dejando un divertido y peligroso dibujo de agua en el suelo. Tom Jones a todo volumen acompañando mi baile absurdo me ha recordado que pronto llega mi turno de organizar una cena con los amigos en casa y, obviamente, lo ridículo que resulta cualquier tío no habitual en la portada de “Men’s Health” bailando desnudo en medio del salón. Me río. El techo de mi piso está de nuevo a la distancia correcta.

Tom Jones & Stereophonics - Mama told me not to come.mp3


...

lunes, 27 de septiembre de 2010

No suspicious mind.

¿Sabes? Tengo un dolor de cabeza que me está destrozando la tarde. Un día abstracto que, encima, aún está por terminar. He intentado remediarlo pero estoy seguro de que si me tomo algo más acabaré dando hombrazos por las peligrosas aristas de mi piso, y no está uno para más cardenales.

…tarareo…

Joder, llevo exactamente veinticuatro horas y dos minutos con una melodía metida en la cabeza, aunque estoy casi seguro de que el dolor no se debe a ello. Sólo enlazaba cabezas. En realidad es una de mis canciones favoritas, aunque eso no significa una mierda porque, por suerte, tengo muchas canciones favoritas. De ahí lo de “una de...”.
Pero ayer llegó a mis oídos en un momento, digamos que, inadecuado, y se quedó conmigo como una acompañante cruel y tenaz, silenciosa para los demás oídos.
Elvis pretendía una interpetación sutilmente distinta a la que yo, dadas mis circunstancias, le doy (encima, ayer "ella" me regaló su confianza de nuevo con un gesto, aparentemente, superfluo), pero soy “sensible” al noventa y cinco por ciento de la letra, y a demás la canción me encanta, así que empecé a tararearla. Y seguí tarareándola cuando ya había dejado de sonar. Y después la tarareaba mentalmente. Durante hora y horas.
Y ahí sigue. Incluso esta noche me ha quitado horas de sueño acompañando al insoportable tic-tac del reloj del comedor.
Hay veces en que, por mucho que intente distraerme, por más que me empeñe escuchando otras canciones, vuelve de nuevo a mi cabeza en cuanto bajo la guardia. Incluso ahora está sonando, y han pasado veinticuatro horas y tres minutos desde nuestro último encuentro. No, no tardo un minuto en escribir todo esto, pero tú sí en leerlo.
Que alguien me rompa algo en la testa, por favor.

...tarareo...

Tal vez, y retomando el tema de mi jaqueca, el dolor se deba a que intento introducir demasiada información en mi cabeza, como el hambriento ante una mesa repleta de suculentos manjares. O puede que…
No. No lo creo. Tengo un acceso lamentable a mi propia memoria. Por eso no doy para más en mis conversaciones. Porque no recuerdo datos. Pero eso no excluye la posibilidad de que sí esté almacenando demasiada información, aunque luego sea incapaz de acceder a ella con facilidad, y necesite que alguien me ayude. A veces me siento un poco como el joven Keanu Reeves en "Johnny Mnemonic".


En fin, empiezo a dudar del dicho de “el saber no ocupa lugar”.
Dime que NO estoy divagando...
¿Estoy divagando?
Gelocatil, Espidifen, y turno ahora para una deliciosa Aspirina que, a demás, se puede masticar. Mmmmmmm…

...tarareo...    Elvis Presley-Suspicious minds.mp3

A ver si dibujo pronto algo decente.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Lo que se queda

Hoy no he hecho una colada que bebería haber hecho. No he dibujado algo que debería haber dibujado, y he dibujado algo que no debería dibujar. He comido algo que no debería haber comido. He visto una película que no debía haber visto. Debería haberla visto hace mucho tiempo. He escrito palabras que no debería haber escrito. He callado algo que debería haber dicho. No he visto una cara que debería haber visto. He perdido algo que no debía haber perdido. He hecho muchas cosas y muchas cosas he dejado de hacer.
No voy a beber algo que debería beber. (risas)
Voy a soñar algo que no debería soñar.



  The Rolling Stones-You can't always get what you want.mp3




miércoles, 22 de septiembre de 2010

Autumn



Melody Gardot-Worrisome heart.mp3

Tengo una de esas heridas que no quieren cerrarse nunca. De las que dejan una cicatriz a la vista de cualquiera. Son de esas heridas que haciendo cualquier cosa se abren de nuevo cuando menos lo esperas. No sangran pero escuecen una barbaridad. Como esos pequeños cortes entre dos dedos con una hoja de papel, o una caída tonta al subir la compra por las escaleras. Una de esas heridas que te recuerdan la cantidad de pequeños golpes que recibimos cada día, porque curiosa e inevitablemente todos los topetazos van directos ahí. A la herida. Y tú te dices que, estadísticamente, eso no es posible. Recibimos multitud de coscorrones cada día aunque, por suerte, no nos damos ni cuenta. Después nos sorprendemos con un nuevo cardenal y nos preguntamos “¿cuándo cojones me he hecho yo esto?”.
Mi abuela me decía que no me quitase la postilla de una herida (un vicio que tengo, aunque duela) porque si no, me iba a quedar señal. El caso es que hay heridas que dejan cicatriz y otras que no, indistintamente. Es curioso. No sé a qué se debe. Tal vez a la alimentación, o al humor, o a la luna, o a la estación del año… no sé. Esta madrugada comienza el otoño. Me gusta el otoño. Los olores, los colores, la playa desierta, los caminos embarrados… En otoño todavía me apetece sentarme en una terraza a tomar un café, una tarde de sol tibio, para después ver una película tumbado en el sofá, tapado con la primera manta del curso que todavía no huele a . Seguro que cuando saque esa manta, la del otoño pasado, la herida volverá a abrirse.