miércoles, 8 de diciembre de 2010

Prosopopeya crepuscular


No sé muy bien cómo empezar. Supongo que debo concentrarme un poco para ver exactamente donde está el principio de la historia y empezar a escribir. Pero eso supone un esfuerzo desmesurado porque el principio es un poco impreciso, así que tal vez sea mejor empezar sin principio, porque como además la historia no tiene final, así descompenso del todo y encima me ahorro el esfuerzo. Simplemente, empiezo.
Y empiezo con mi dedo inmóvil a escasos centímetros del botón de su interfono.
Qué imagen tan trágica, de verdad. No es como en el cine. No suena una música apropiada acompañando al encantador y romántico protagonista que está a punto de conquistar a su amada con un acto de inconmensurable audacia y romanticismo.
Había visto y cerrado su correo electrónico, me había vestido, conducido veinte kilómetros y encontrado un aparcamiento de puta madre, todo en menos de media hora, envuelto en una resolución magnífica. Pero de pronto, en su portal, a punto de pulsar el botón a las cuatro de la madrugada, recordé porqué estaba en mi casa aquella noche cuando había decidido correr hacia la suya. Te aseguro que, cuando tienes tan clara la respuesta que vas a encontrar al otro lado del hilo naranja y te da tanto miedo oírla, ves los botones del interfono con otros ojos. Como si fueses a pulsar el botón rojo de alarma nuclear. La audacia infantil se queda en el País de las maravillas. Así que, tras varios minutos inmóvil, recobré la sensatez, metí la mano en el bolsillo, bien guardadita, y di media vuelta. Al llegar a la esquina, volví a girarme y di dos pasos de vuelta a su portal dudando si debía hacerlo o no. Decidí no hacerlo y me giré de nuevo en busca del coche dando patadas a todo lo que veía por el suelo. Supongo que nunca sabré si hice lo correcto o no, o si tendré una nueva oportunidad para escoger la pastilla roja en lugar de la azul.
Sabía que aquella noche ya no iba a poder dormir, así que decidí conducir sin rumbo. Salí de la ciudad tomando la autovía que una vez recorrimos juntos. No fue una decisión consciente. Simplemente me sorprendí haciendo el mismo recorrido. Siempre me ha gustado conducir de noche, en esas horas en las que solo hay camiones larguísimos circulando. Me recuerda a mi ajetreada infancia. Los viajes de viernes noche a la casa rústica de algún amigo de mis padres en algún pueblecito perdido, la sensación de llegar de madrugada a esos pueblos desiertos, en naranja y negro por la luz de las farolas, con olor a leña húmeda y cuadras. Entrar en esas casas, frías, alumbrándolas con un camping gas y sacando los bártulos de los coches mientras los mayores encendían el generador de corriente y prendían la chimenea. Comer frío de fiambrera porque no eran horas de cocinar, preparar esas camas de lana que olían a moho y rechinaban, para meterte un rato después en ellas con lo frías que estaban, cubierto con tres capas de mantas y rodeados de estufas catalíticas que no dejaban de cantar sus "clic-clic" mientras dormíamos… conducir de noche me trae todos esos recuerdos y me relaja muchísimo.
Pero aquella noche no. No sé porqué, pensaba en injusticias. Me castigaba el orgullo cuando de pronto lo vi. Allí plantado en un lateral de la vía, iluminado brevemente por los faros bizcos de mi coche al pasar. Un caballo blanco.
Lo vi claramente. En serio. Como iba solo por la vía me paré en el arcén sin pensarlo dos veces con la intención de acercarme al bicho y alejarlo de la carretera. Pero al bajar del coche ya no estaba. No me extrañó demasiado. Se habrá alejado solo, pensé. Y sin embargo, aquella zona en la que me encontraba era terreno llano y al barrerlo con la linterna no lo vi. Y podía ver muy lejos con aquella linterna. Sí, ya sé que los caballos son rápidos, pero no tanto. Aquello me desconcertó, porque aún hoy estoy seguro de lo que vi. Pero claro, dadas las pruebas, no pude haber visto lo que estoy seguro que vi.
Ya había alucinado en alguna ocasión en que conduje durante horas con sueño, años atrás, y sé cuales son las sensaciones. Pero en esta ocasión, no tenía sueño, y no era una alucinación. Pero, ¿qué era? Yo había visto un caballo blanco, seguro.
Tenía la sensación de estar en la isla de LOST. No tenía sentido. ¿Había pasado yo al lado de un caballo blanco en medio de la noche, o había pasado él a mi lado? ¿Entonces era mi subconsciente? ¿Me encontraba yo realmente allí? Bueno, estaba tiritando de frío, así que, sí, estaba allí. Y entonces me di cuenta.
Me encontraba haciendo exactamente lo mismo, por las mismas circunstancias, que una hora antes en aquel portal de Barcelona. Tremendamente estúpido, solo, rodeado de nada, y creyendo haber visto un caballo blanco en mitad de la noche.

3 comentarios:

  1. ¡AINS! que malos son esos raticos en que la conciencia dicta su propia ley y no queda más remedio que acatarla porque no se piensa solamente en el propio bien.

    Ese caballo seguro estaba allí!

    Saludicos!

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  2. Que tesoros escritos guardas en esa mente tuya señor, está genial :)
    Lo bueno, además, es que podrías darle imagen(que no siempre es necesario)...

    Aparte.. Esa imagen que has utilizado del caballo, no sé si es de un artista concreto o ya se lo curra "cualquiera" con un filtro aquí y un retoque allá pero yo tengo algunas guardadas de otros animales y molan muchísimo. Estaría bien saber cómo se consiguen.

    Bravo Vic !

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  3. Ay, PENSADORA, qué bien ves las cosas... ;) Seguro que estaba, pero, que se hubiese quedado.
    ¡¡Gracias, Caste!!

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